Jesús Félix Uribe García.
(Se reservan los derechos de autor)
En la década de los cuarenta conviven dos imágenes de la ciudad, la de principios de siglo y la de la modernidad “racionalista”, la memoria juega con el pasado mientras la imaginación construye el futuro. El aura,presencia inasible de una lejanía”, como la describiera Walter Benjamín, nos regresa en ocasiones a la imagen de la vieja ciudad al conocer y vivir en aquellas otras que nos sirven de modelo. Resulta paradójico que las vistas de una ciudad moderna, como Los Ángeles, a la que con tanto ahínco aspiramos, nos regresen al “encanto” de la población provinciana, pueblerina. Quienes recorrieron las modernas ciudades y algunas metrópolis, regresan en sus recuerdos a las callejuelas retorcidas, a las antiguas casonas de adobe, a las plazuelas y jardines del viejo Hermosillo. Los recuerdos parecen sobreponerse a los deseos de modernidad. La identidad, perdida o confundida en las grandes avenidas de las modernas urbes, en los rascacielos, en el atribulado movimiento citadino, recupera lo único que puede rescatarlos del anonimato, el “encanto” del pueblo que dejaron atrás. Durante la obra modernizadora del general Abelardo L. Rodríguez (1943-1949), los viejos hermosillenses recurrieron a la memoria ante una nueva picota del progreso manipulada por imágenes al parecer ajenas a sus formas. Festejan las obras del progreso, mientras regresan a las añoradas imágenes de un pasado que llenó las viejas casonas de encantos y porcelanas, sillones de Esteban V. Escalante escribió, a principios de 1931, un panegírico cargado de romanticismo sobre Hermosillo. Venía de Los Ángeles, donde tenía su residencia, a pasar unos días en la ciudad “de sus amores” y los recuerdos de la ciudad californiana se diluyeron al arribar a la pequeña ciudad Capital de Sonora. Comparó las ciudades norteamericanas “con sus casas de madera, sus estaciones de gasolina, sus garajes y su city hall”, todas iguales según su percepción, con los pueblos de viejas casonas de adobe, de plazas pobladas de vegetación y encanto. Termina su discurso con una sentencia casi bíblica “¡Hermosillo, Hermosillo, tierra de mujeres bonitas y hombres fuertes y sinceros! Cuantas veces, añorándote desde mi rincón de la ciudad de Los Ángeles, te he suspirado y hasta ti ha volado, como blanca paloma, mi pensamiento. He venido a ti para saturarme con la dulzura de tus encantos y para envolverme con las sutiles miradas de tus mujeres llenas de hechizos y de arrobamiento… ¡Hermosillo, ciudad de leyenda, que bella eres…!” El lenguaje recrea las descripciones del Hermosillo porfirista, del Hermosillo de principios de siglo. La lejanía provoca espejismos, ataranta los sentidos, nos hunde en las añoranzas y en los recuerdos de los lugares del afecto, del espacio de los seres queridos. Borra los problemas cotidianos a los que se enfrentan los vecinos de un pueblo con serias limitaciones, más serias cuanto más son los deseos de trascender a la modernidad. A fines de la misma década, en julio de 1939, el editorial de la revista SONORA pinta la realidad de una población con graves problemas de servicios públicos, el agua y el alumbrado. Consideran que con una población de veinte mil habitantes cubre una extensión tres veces mayor a la necesaria, aunque ha “progresado” en los últimos veinte años adquiriendo el aspecto de toda una ciudad, le quedan “muchos detalles de ‘pueblón’ grande, que era en tiempos de las huertas. Enormes corralones en el primer cuadro, casas chaparras y ruinosas, mezquitales en pleno centro, gente durmiendo en las banquetas”. Esa era la imagen de la ciudad que añoraba Esteban V. Escalante. En realidad añoraba ese pequeño espacio de la ciudad, el viejo casco porfirista con sus nobles casonas de altos techos y cubierta de viguería. Los problemas del agua y del alumbrado público quedaron al margen de sus recuerdos, pero presentes en las atribulaciones diarias. El líquido vital alcanzaba apenas para una cuarta parte de la población, viejo problema de nuestra ciudad ubicada en una zona semidesértica. El servicio de alumbrado público en aquellos años nos remite a una polémica contemporánea, ser un servicio prestado por el Ayuntamiento o por la iniciativa privada. Fue adquirido, a la cosa pública suponemos, por la empresa BYLESBY, con el nombre de ESPEMSA en el noroeste de México. La empresa dependía de una gerencia en
la Ciudad de México quien rendía cuentas a los inversionistas en la ciudad de Chicago. Como eran pocas las ganancias, eran pocas las inversiones para la prestación del servicio, siendo éste ineficiente. Nada nuevo bajo el sol, la iniciativa privada ya ha experimentado en la inversión de los servicios públicos enfrentando las quejas de los usuarios ante una instancia de la cual no tiene un rostro legible. Para los hermosillenses sólo eran unos magnates millonarios
contando en “sus arcas los millones necesarios, sudados por los países latinoamericanos que deprime”Claudio Nájera Jr., un memorioso cronista hermosillense regresa en el tiempo para rescatar las imágenes de las dos o tres décadas anteriores en un verdadero ejercicio de reconstrucción. En 1945, apenas dos años del período gubernamental del general, recorre los andadores de la plaza Zaragoza, de las calles de la ciudad, recordando los personajes que como fantasmas van apareciendo entre la vegetacióny en los balcones de las viejas casonas. El puesto de refrescos y frutas de horno del “abacial” don Juanito Carrillo invitando a los paseantes a servirse con su sempiterna frase: “con mano propia, con mano propia, si lo toca, lo toma”. Paso adelante se encuentra con la carretita de don Luciano, “buen tipo de indio viejo, apacible y ceremonioso”, que de inmediato lo trasladó a los años aquellos cuando párvulo asistió al Colegio de Sonora. Las horas de clases, los maestros, los compañeros, todo vino a su mente y ver de nuevo aquella mesita de delgadas patas en “la banqueta frontera”, donde don Luciano exhibía y vendía las chapas y melcochas, haciendo las delicias de los infantes en la hora del recreo. Por los andadores de la plaza vio de nuevo a Adolfito y Arturito de la Huerta acompañando a don Adolfo de la Huertala Huerta, entonces Gobernador del Estado, dando sus “democráticas vueltas” por este concurrido paseo. Los fantasmas del pasado. El rescate del encanto perdido ante las obras de la modernidad. Mientras Claudio Nájera Jr. realiza el ejercicio de recrear a la vieja ciudad, de darles a sus vecinos un asidero del cual prenderse ante las obras del progreso, derriban un viejo comercio en la calle Serdán y Rosales. Un viejo edificio de gruesos muros de adobe, combinando en la cubierta tijerales con lámina y viguería de madera y terrado. La fachada forjada con “Cornisa sencilla, medias muestras en puertas y ventanas”, alberga diez y seis despachos, un comercio y una bodega tipo industrial. Lo derribaron para prolongar la actual calle Rosales rumbo al sur, hasta la calle Obregón, y en el lado oriente construyeron el edificio “Aguilar”, conocido como edificio Bona por el comercio de importaciones en la planta baja. La modernidad, el destierro de las tradiciones, el olvido de todo aquello que tenga un sabor a permanencia, no borró del todo lo que en la actualidad los sociólogos llaman anclajes. En medio de la obra modernizadora del general Abelardo L. Rodríguez como gobernador de Sonora, 1943-1949, los hermosillenses regresaban a principios de siglo como una verdadera fijación. En abril de 1945, Fernando Juvera rescata un artículo publicado por el poeta Alfonso Iberri y publicado en El Mercurio de Guaymas. La ciudad contaba con algunos buenos ejemplos de la arquitectura moderna, racionalista y Art Deco principalmente, alternando con edificios porfiristas de buena factura, como el edificio del Palacio Federal con su desaparecida fachada neobarroca y un buen número de mansiones. Sin embargo, flotaban aun sobre la ciudad los recuerdos del glamour porfirista. Todo parecía indicar que la modernidad era en gran parte asunto de extraños, de avecindados venidos de otras latitudes, principalmente de la Ciudadla Ciudad de México, que poco lograron permear en la sociedad hermosillense. El artículo de Iberri, es un recorrido por la ciudad resaltando los efectos de la picota del progreso: “A medida que el tiempo transcurre las casas se renuevan. Del cáliz de una flor surgen gallardas fincas modernas. Los panteones se convierten en jardines. Y los jardines, a veces se convierten en panteones. Esta es la renovación constante de la vida, a cuya ley está sujeto todo”. Cuando Juvera rescata y publica el artículo del poeta guaymense estaba en construcción el edificio Sonora en un sobrio estilo racionalista, el cine Nacional y del Noroeste alteran el entorno del Jardín Juárez, entre otros inmuebles. A pesar de que en la construcción de los edificios modernos participaron inversionistas locales y redactaron los panegíricos correspondientes, un buen sector de la ciudad miraba hacia el pasado.Los viajes al pasado siempre tienen una explicación, como el argumento ramplón de conocer la historia para no cometer los mismos errores, o buscar las glorias de la familia en los archivos históricos. Las crónicas del ’45 no son un viaje gratuito al pasado. Hasta este año, Hermosillo mantuvo una constante en su actitud como ciudad, con algunos cambios y edificios modernos rompiendo la armonía de la vieja ciudad y sin mayores conflictos, pues era un especie de vecindario de conocidos sabiendo cada quien cual era su lugar: “Pero hete aquí que de la noche a la mañana esto se convirtió en multitud, pero multitud fuereña que como manada de Búfalos barrió con nuestra tranquilidad”. La queja es de septiembre de 1972 con argumentos históricos de la década del cuarenta. La presencia de los “chilangos”, originarios de la Ciudad de México, durante la “era de Abelardo”, llamó la atención de los vecinos con algunos comentarios curiosos, como que siempre andan de traje y corbata, piden un taxi para ir de una calle a otra o se la pasan esperando el avión de la Ciudad la Ciudad de México para leer la prensa capitalina. La superposición de imágenes de los allegados altera el tiempo y el espacio de los viejos vecinos, construyen una nueva ciudad. El reclamo es fuerte. Según el licenciado Manuel Octavio Palafox, autor del artículo en defensa de Hermosillo, el de “…los treinta y de los cuarenta era un rincón provinciano en el período artesanal”. Pero se llenó de “guachos” que aquí aprendieron, según el quejoso, a ponerse zapatos y de “fuereños”, inmigrantes de los pueblos sonorenses a Hermosillo, con una gran capacidad de adaptación a situaciones que “el tradicional orgullo hermosillense repudia y lo hace quedar en desventaja”. Se desata una guerra una guerra verbal de virtudes contra virtudes y defectos contra sus similares, que alteró las formas existentes iniciando la construcción de una ciudad que se expandiría terminando con la vida de los barrios, con los changarros de esquina donde fluía el devenir diario, para llegar en la actualidad inundados por expendios de cerveza, tiendas de autoservicio, talleres mecánicos, carpinterías y demás servicios urbanos. Los gestos y las formas, el modo de hablar y de conducirse de los viejos vecinos, pasaron al catálogo de los recuerdos como un álbum de fotografías tonos sepia. El mostrador del changarro donde ya no se desfacerían entuertos ni se arreglarían negocios, dejaba de ser el lugar de reunión de la “tribu barrial”: “El ‘Changarro’, una institución popular de múltiples funciones y de gran trascendencia en la vida pública, social y económica de nuestro pueblo, agredido fieramente por enemigos poderosos y aburridos, se acerca, mal herido, flaco, macilento y sin esperanza de alivio a su inevitable fin”. Los propios y los extraños en un duelo de imágenes, los primeros aferrados a los recuerdos y los segundos redactando los “oficios de naturalización” de las obras de la modernidad. Sam Rosenkranz, empresario del grupo de los extraños y apegado a Rodríguez, lanza su panegírico en marzo de 1947 ponderando los avances logrados por la ciudad durante la gestión del general. Un duelo de percepciones, de visiones enfrentando los afectos del pasado con los deseos del porvenir, los rincones llenos de recuerdos y vivencias con las obras del futuro que con el tiempo llenaremos de vivencias y recuerdos en el juego cotidiano de la apropiación, de la pertenencia, que no se detiene ante la llegada de nuevas formas formando nuevas generaciones. A diferencia de las ciudades que generan las formas, Hermosillo no las adopta como parte de un universo que las construye como envoltura de nuevas formas de tratos y encuentros. El funcionalismo es un estilo arquitectónico, pero también es una mentalidad, una forma de percibir al otro en las relaciones humanas. Adoptar el funcionalismo desde un cambio en la estructura social es una cosa, la otra es hacerlo con los recuerdos del pasado bullendo en la memoria. De ahí la polémica. Quienes vienen de fuera, los extraños, incluyendo al general Rodríguez, proponen una ciudad que “funcione” en los términos de la modernidad planteada por las vanguardias de la primera mitad del siglo XX. Quienes estaban aquí, aunque no todos como lo veremos más adelante, vivían aun los espacios físicos y literarios del prestigio social de la arquitectura decimonónica. Con el tiempo, ambos esquemas se diluyen en formas menores, en soluciones prácticas y económicas para construir un almacén, un conjunto de departamentos o cualquier otro espacio habitable, o en el retomar algunos temas arquitectónicos decimonónicos como simple ornamentación en mansiones o edificios públicos y privados. La arquitectura pasa al dominio público, al “maistro” de obras avezado que puede recrear formas en una casa de interés social con sólo verlas en una mansión de lujo. Pero no es acaso lo mismo que hacemos los arquitectos profesionales, negando el trasfondo social desde donde plantean los considerandos teóricos de la arquitectura y retomando sólo los motivos formales. La discusión entre los propios y los extraños es un asunto vital, la construcción y manejo de los espacios y, por lo tanto, del tiempo. Quien domine las formas domina el entorno, la ciudad.
No hay comentarios:
Publicar un comentario