Jesús Félix Uribe García.
(Se reservan los derechos de autor)
Aunque el tren llega a la ciudad a las nueve de la mañana, los andenes de la estación del ferrocarril lucen desiertos. El sol cae a plomo sobre ellos y se irán poblando con la puesta del sol. Desde el atardecer lo ruidos lo inundarán con el ajetreo de los viajeros que miran con indiferencia como cambian los carteles indicando una nueva hora de la llegada del tren. El ruido va en aumento, provocado por los viajeros o los mirones en busca de contactos con el sexo opuesto. Los primeros, cargados con sus "liachos", con cajas amarradas con ixtle y con velices, esperan con esa paciencia que ya es un ejercicio nacional cotidiano. Los segundos, andan de la Seca a la Meca cruzando sus miradas para llegar al acuerdo que los lleve a la discreta oscuridad de los vecinos almacenes. Están también los que "por casados o por viejos" no pueden ya andar en estas lides y agazapados en lugares estratégicos esperan ver a las muchachas pasar por áreas iluminadas y disfrutar de "halagüeños traslucimientos". Inicia el movimiento en la estación y en los andenes. Los choferes y los cargadores, reunidos en la banqueta que da al frente discuten a grito abierto desde "el honor de una mujer, hasta el honor de Yugoeslavia". Es el juego de los sentidos, un recreo para la vista y el oído, a los que agregamos el del olfato. En el patio de la estación y cruzando los rieles, veinte mesas invitan a la reunión de los comensales para disfrutar del menudo, pozole, gorditas, café y otras viandas y antojitos que despiden su aroma confundiéndose con cientos de olores más. La vista, el oído y el olfato están alertas. Y así, entre gritos de todo mundo y escondidos susurros amorosos, entre los aromas de los antojitos y del combustible y miradas que van y vienen, continúa la espera. Otra hora que pasa y otro cartel anunciando el nuevo retraso del tren.
El centro de gravedad social se desplaza todas las noches a los patios del ferrocarril y al Jardín Juárez a la espera del tren de las nueve de la mañana. Los viajeros y los mirones en una verdadera fiesta popular. Los segundos, por lo general, son los trasnochadores del Jardín Juárez que, al escuchar el silbato del tren se lanzan en masa hacia la desparecida estación del ferrocarril. A esa hora la plaza Zaragoza "permanecía triste y solitaria", las reuniones populares son el en Parque Madero disfrutando de "las serenatas de Lalo", mientras el Jardín Juárez era "alegre durante toda la semana". El Jardín y la estación eran el binomio del encuentro social, el sitio donde realmente "palpitaba el corazón del pueblo". Noche tras noche citaban a los paseantes de todas las edades, y al parecer de todas las clases sociales. En el Jardín, la sección más concurrida era la que daba a la calle Juárez. Casi como una "playa tropical", ofrecía las mejores refresquerías, como "El Limoncito" atendido por: "Don Isidoro Angulo, tipo de almirante y carácter cordial". El puesto abría desde las diez, hora en que llegaban: "los primeros habituales de la mañana, para componer el mundo, exagerar las noticias y confeccionar a su libre albedrío las que dio la radio". Vieja costumbre de componer el mundo que continúa en la actualidad en cafetería de ambiente "internacional". Los asiduos a la "playa" del Jardín Juárez disfrutaban también del golfito que Lourdes Pavlovich compró, amediados de 1945, al ingeniero Alfonso Macedo R., quien tuvo que trasladarse a Nogales como empleado de la Dirección Genral de Catastro. Lourde sentía, dice la nota, una especial atracción por los niños pobres a quienes antes de ser propietaria les regalaba boletos para jugar en el golfito. Ahora, como propietaria, establecería "determinados días a la semana gratuitos para los niños pobres". Con pocos árboles y sin cemento, con menos atractivos visuales que la Plaza Zaragoza, el Jardín Juárez daba el espacio para el tiempo de esparcimiento. Uno de sus atractivos era "su aire provinciano, acogedor, de pueblo seguro de sí mismo". Pero el tiempo pasa y el espacio toma nuevas cualidades. El ambiente de jolgorio y fiesta tan festejado por los cronistas del cuarenta y cinco, no lo es tanto para los hermosillenses de la década posterior. El Jardín Juárez es ahora un problema por la presencia de los viciosos impidiendo a las familias disfrutar del lugar. A principios de 1945, el Ayuntamiento, el Gobierno del Estado y los Servicios Coordinados de Salud, ponen manos a la obra para rescatarlo y regresarlo a la ciudad con un plan de remozamiento y mejoras en el césped y ornamentación floral. Atrás quedaba el ambiente populachero del Jardín Juárez, atento a los cambios de hora de la llegada del tren, para desprenderse en masa a disfrutar del espectáculo de los atribulados viajeros.
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